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Asturias · Gijón y el Nalón

Termas romanas de Gijón y Elogio del Horizonte: Cimadevilla

Foto: Triplecaña · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

En Cimadevilla, en Gijón, conviene subir por orden: las termas romanas bajo la plaza del Campo Valdés, los restos de la muralla romana a media ladera y, arriba, el Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida, de 1990. Son ochocientos metros escasos de cuesta constante y un par de horas largas contando la visita a las termas.

Cimadevilla se recorre entero en un paseo corto, y en ese paseo caben dos mil años sin repetir sitio: unas termas romanas enterradas bajo una plaza, los restos de una muralla levantada cuando el Imperio empezó a tener miedo, y arriba del todo una pieza de hormigón de Chillida en la que, si te colocas donde hay que colocarse, se oye el mar amplificado. La gracia está en hacerlo en orden. La cota sube igual que suben los siglos.

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Un istmo, ochocientos metros y dos mil años

Cimadevilla no es un barrio con forma de barrio: es una península baja pegada a tierra por un istmo estrecho, con la playa de San Lorenzo abriéndose a un lado y el puerto al otro. Esa geometría lo explica casi todo. Un promontorio así es defendible por definición, porque solo hay que cerrar el cuello; y una bahía con dos costados permite fondear resguardado sea cual sea el viento que entre. Los romanos vieron eso mismo hace veinte siglos, y después lo vieron los pescadores, que apretaron el caserío sobre la roca hasta dejar callejas de un metro y medio.

Lo que casi nunca se cuenta es que el barrio se puede leer como una secuencia. Las termas romanas están al nivel del mar, literalmente debajo de una plaza. La muralla aparece a media ladera, en el arranque de la subida. Y en lo más alto del cerro de Santa Catalina, donde ya no hay casas ni abrigo, está el Elogio del Horizonte, de 1990. Si se recorre de abajo arriba, el itinerario avanza a la vez en altura y en tiempo, y cada parada tiene sentido por la anterior.

Casi todo el mundo lo hace justo al revés: sube directo a la escultura, hace la foto y baja a comer al puerto. Funciona, pero se pierde la mitad. Conviene avisar de dos cosas antes de empezar: son ochocientos metros escasos, pero son de cuesta constante, y arriba no hay ni un árbol donde ponerse a resguardo.

Bajo la plaza del Campo Valdés

Delante de la iglesia de San Pedro, en el borde de Cimadevilla que mira a San Lorenzo, hay una plaza normal. Debajo de esa plaza hay un edificio termal romano, y se visita bajando unas escaleras. No es una ruina al aire libre ni un yacimiento vallado que se mira desde fuera: es un museo de sitio, construido encima y alrededor de lo que apareció, de modo que se camina por los mismos pasillos por los que se caminaba entonces, solo que bajo techo y con la ciudad moderna dos metros por encima de la cabeza.

La cronología que manejan los arqueólogos sitúa la construcción a finales del siglo I d. C., con una ampliación importante a lo largo del II. Dejaron de funcionar como termas entre finales del siglo IV y comienzos del V, y el edificio no se abandonó: se reaprovechó como vivienda, que es el destino habitual de la obra pública romana cuando el dinero para mantenerla desaparece. El recorrido conserva la lógica de siempre, sala fría, sala templada, sala caliente, más una piscina, porque un baño romano era un circuito de temperaturas y no una habitación con agua.

Merece la pena entrar con la escala correcta en la cabeza. Esto no son unas termas imperiales de las que salen en los libros: son las de un asentamiento portuario del extremo noroeste, dimensionadas para la gente que vivía y trabajaba aquí. Incluso el nombre de aquella población está discutido; la tradición la llama Gigia, pero no todos los especialistas dan por buena esa identificación. Que el sitio se conozca bien es cosa reciente: las excavaciones modernas arrancaron en 1990 y el museo abrió en 1995.

La entrada es gratuita; el horario, mejor mirarlo en la web municipal de museos de Gijón el día antes. Según la ficha municipal, las termas son gratuitas todos los días que abren.

Cómo se calentaba una sala en el siglo II

El hipocausto es la razón por la que estas termas valen una visita aunque uno haya visto otras. El sistema es sencillo de enunciar y endiablado de ejecutar: se levanta el pavimento de la sala sobre pilares de ladrillo, dejando debajo una cámara vacía; en un extremo se enciende un horno; y el aire caliente y el humo circulan por esa cámara antes de subir por conductos abiertos dentro de los muros. El resultado es calefacción radiante por suelo y por pared, que es exactamente lo que hoy se vende como la última palabra en confort térmico.

En Campo Valdés se conserva una sala de sudoración de planta circular con un hipocausto resuelto no con pilares sueltos sino con arquillos de ladrillo. La diferencia no es decorativa. Una arquería reparte mucho mejor la carga del pavimento y deja pasar el aire caliente con menos obstáculos que un bosque de pilarcillos; también aguanta bastante más antes de venirse abajo, que es justamente por lo que ha llegado hasta nosotros. La documentación del propio museo lo presenta como el mejor ejemplo conservado de este tipo en Hispania.

Ese es el detalle que cambia la visita. Lo normal, en un yacimiento termal, es que el suelo suspendido se haya hundido siglos atrás o que los ladrillos se hayan llevado para otra obra, de manera que uno mira un rectángulo de tocones y tiene que imaginarse el resto. Aquí no hace falta imaginar tanto: la estructura está en pie y se entiende de un vistazo por dónde iba el aire. Vale la pena dedicarle unos minutos de más y quedarse mirando el arranque de los arcos.

La muralla que casi nadie mira

A pocos pasos de las termas empiezan a aparecer, incrustados en el tejido del barrio, unos zócalos de piedra que la mayoría de la gente cruza sin registrar. Son los restos de la muralla romana, levantada entre finales del siglo III y comienzos del IV. Cerraba todo el perímetro de Cimadevilla que no defendía el mar, desde el entorno de San Pedro hasta la zona del puerto pesquero, y estaba reforzada con cubos semicirculares; se han contado dieciséis. La puerta principal se abría por donde hoy discurre la calle Recoletas.

El dato que conviene retener es el grosor: en torno a cuatro metros y medio. Para una población portuaria de este tamaño, eso es desmesurado, y por eso es tan elocuente. El siglo III es el siglo de las crisis del Imperio, y toda la fachada atlántica y cantábrica se llena entonces de recintos amurallados nuevos. Nadie invierte en un muro de cuatro metros y medio de ancho por prestigio. Esa cifra cuenta sobre el ambiente de la época más que cualquier crónica escrita.

Lo que se ve hoy pide una advertencia honesta. La muralla salió a la luz en 1982, con unos derribos, y se excavó de forma sistemática durante los años siguientes. De lo romano quedan sobre todo las hiladas bajas; encima se levantó una reconstrucción en ladrillo para que el trazado se entienda desde la calle, una decisión que sigue discutiéndose entre los especialistas y que a algunos visitantes les chirría. El truco para disfrutarlo es no mirar el conjunto, sino buscar la línea horizontal donde acaba la piedra antigua y empieza el ladrillo moderno. Se distingue perfectamente, y a partir de ahí uno sabe qué está viendo de verdad.

El resto del mapa romano queda fuera del casco

Cimadevilla es solo una pieza. Al otro lado de la bahía, sobre el cabo Torres, está el Parque Arqueológico-Natural de la Campa Torres: un castro astur en un promontorio ventoso que los romanos reorganizaron y que las fuentes antiguas llaman Noega. Hay museo de sitio, restos de murallas, fosos y cisternas, y un faro. Desde arriba se ve el puerto de El Musel entero, lo que produce un contraste difícil de olvidar entre el fondeadero prerromano y la terminal de graneles.

La tercera pata está tierra adentro, en la parroquia de Cenero: la villa romana de Veranes. Es un complejo residencial y agrícola a la vez, con la parte señorial y la parte de explotación, en funcionamiento entre los siglos I y V, y conserva un mosaico. Su museo abrió en 2007. Si Cimadevilla es la ciudad y la Campa Torres el puerto, Veranes es el campo que daba de comer a ambos; visto así, los tres sitios dejan de ser tres excursiones sueltas y forman un mismo sistema económico.

Los tres pertenecen a la red de museos arqueológicos del ayuntamiento, y comparten calendario y política de entradas, con horarios distintos para la temporada de octubre a marzo y la de abril a septiembre. La consulta previa en la web municipal ahorra el disgusto clásico de plantarse en Cenero un lunes.

Arriba del todo: el Elogio del Horizonte

La subida acaba en una campa pelada donde hay una única cosa, enorme y de hormigón. El Elogio del Horizonte, de Eduardo Chillida, se instaló aquí en 1990 dentro de la remodelación del cerro de Santa Catalina que dirigía el arquitecto Paco Pol; el cálculo estructural fue del ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez. Mide unos diez metros de alto, apoya sobre una planta elíptica de aproximadamente doce por quince metros, tiene muros de metro y medio largo de grosor y pesa alrededor de quinientas toneladas. En Gijón se la conoce como el váter de King Kong, y se dice sin ninguna acritud: el apodo convive con el orgullo.

El dato por el que merece la pena subir no es ninguno de esos. Es este: hay que meterse dentro y colocarse en el centro exacto. Ahí, la propia forma de la pieza recoge y amplifica el ruido del mar que rompe abajo, con el mismo principio por el que se dice que se oye el mar en una caracola. No es una sensación difusa ni una sugestión: es un efecto de posición, y se comprueba solo. Dos pasos hacia un lado y desaparece; se vuelve al punto y regresa. Verlo aparecer y desaparecer es lo que engancha a la gente que llega sin saberlo.

El efecto depende mucho del día. Con la mar plana y sin viento, apenas hay nada que amplificar. Con marejada, con viento del norte o con la marea trabajando contra el acantilado, es rotundo. Merece la pena elegir el día por el parte marítimo más que por el de lluvia.

Y hay una decisión de Chillida que se aprecia mejor estando allí: la escultura no enmarca la ciudad, ni el puerto, ni la playa, que son las tres postales que uno esperaría desde ese punto. Enmarca el horizonte, es decir, una línea vacía. Da la espalda a todo lo que se ha ido viendo cuesta arriba y mira a lo único que no ha cambiado en los dos mil años del paseo.

Cómo se anda esto, y qué dejar para otro día

En tiempo real, el recorrido completo son un par de horas largas contando la visita a las termas, y eso yendo despacio. La subida desde Cimadevilla es corta y no tiene dificultad, pero es cuesta continua y el último tramo va descubierto. Arriba corre viento casi siempre, incluso en agosto y con la ciudad a treinta grados; una manga larga en la mochila evita cortar el paseo a los diez minutos. Amanecer y atardecer son las horas buenas, sobre todo porque la campa se vacía.

Si el plan cuadra con un domingo, conviene mirar la política de entradas de los museos arqueológicos municipales, porque suele haber acceso gratuito ese día, aunque hay que confirmarlo. Y si se va con niños, el orden cronológico funciona sorprendentemente bien: el hipocausto se explica en dos frases, la muralla se toca con la mano y el efecto acústico de la escultura es un truco de magia que se puede repetir veinte veces.

Para otro día queda La Laboral, al otro extremo de la ciudad, que es el edificio más grande de España con sus 270.000 metros cuadrados. Se construyó entre 1948 y 1957 con proyecto de Luis Moya Blanco, y su torre, de unos 130 metros según las cifras que maneja la propia institución, es la construcción más alta de Asturias. Al mirador se sube en ascensor, en grupos reducidos y siempre acompañado, porque las plantas intermedias están ocupadas. Horarios y tarifas cambian, así que hay que comprobarlos en laboralciudaddelacultura.com antes de ir.

Para agenda del día a día, actos y avisos, las dos cuentas que vale la pena seguir son las oficiales: @visitagijon, del turismo municipal, y @turismoasturias, del Principado. Sirven bien para saber si hay algo abierto de forma extraordinaria o si el cerro está cerrado por temporal, que en invierno pasa.

Preguntas rápidas

¿Cómo se oye el mar en el Elogio del Horizonte?

Hay que meterse dentro y colocarse en el centro exacto: la forma de la pieza amplifica el ruido del mar. Dos pasos hacia un lado y desaparece. Se nota más con marejada o viento del norte.

¿De qué época son las termas romanas de Gijón?

Se construyeron a finales del siglo I d. C., con una ampliación importante a lo largo del II. El museo abrió en 1995 y se visita bajando unas escaleras desde la plaza del Campo Valdés.

¿Hay entrada gratuita en las termas romanas de Gijón?

Sí: según la ficha municipal, las termas son gratuitas todos los días que abren.

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