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Cadaqués · Costa Brava

Tramontana en Cadaqués: cómo se nota y qué hacer esos días

Foto: Merdaseca · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

Con tramontana en Cadaqués se cae del plan todo lo que implique salir al mar —barco, kayak, paddle surf y buceo— y conviene aplazar los senderos del cabo, los más expuestos. Es más frecuente y más fuerte en otoño e invierno y puede soplar varios días seguidos. Esos días toca el casco antiguo: la iglesia de Santa María, las galerías y el rastell.

Nadie planifica un viaje contando con el viento, y en Cadaqués el viento es la mitad del carácter del sitio. Conviene saber de antemano qué se cae del plan cuando sopla la tramontana, qué sigue en pie y por qué el pueblo, precisamente, está construido para aguantarla. Y también esto: los días más limpios del año son los que vienen justo después.

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De dónde viene el viento que manda aquí

El nombre lo dice todo: tramontana viene del latín transmontanus, «de más allá de los montes». Es aire frío del norte que baja por el suroeste del Macizo Central francés y se encuentra de frente con dos murallas, los Pirineos y los Alpes. Esa masa de aire no puede seguir recto, y la única salida que le queda es el pasillo entre ambas cordilleras: el sur de Francia y el extremo norte de la Costa Brava. Al meterse por un embudo, se acelera. Eso, y no otra cosa, es la tramontana del Empordà.

La situación que la dispara es reconocible: altas presiones al oeste, sobre el Atlántico o sobre Francia, y bajas presiones sobre el Mediterráneo occidental. El aire circula del norte hacia el sur, se canaliza y sale disparado por la esquina noreste de la península. Llega seca porque ha dejado la humedad al otro lado de la montaña, y llega fría por su origen, aunque en verano el sol la caliente por el camino.

Cadaqués está en el peor sitio posible, o en el mejor, según se mire. El Cap de Creus es el punto más oriental de la península ibérica y uno de los lugares donde la tramontana pega con más violencia de toda Cataluña. Las rachas del orden de 120 a 150 kilómetros por hora no son una rareza aquí, y en las cumbres y crestas del entorno se han registrado valores superiores. No hace falta ser un episodio histórico: es el comportamiento normal de este viento en esta esquina concreta del mapa.

Cómo se nota y cuánto suele durar

La tramontana no es un fenómeno homogéneo del Empordà. Se nota mucho más en el Alt Empordà, donde está Cadaqués, que en el Baix Empordà, más al sur y más resguardado. Es una diferencia real y práctica: dos sitios a menos de una hora de coche pueden tener un día completamente distinto, y eso explica por qué la gente que conoce la zona se mueve hacia el sur cuando el pronóstico viene feo por el norte.

En cuanto a estacionalidad, es más frecuente y más fuerte en otoño e invierno, y bastante menos habitual en verano. Eso no quiere decir que en agosto no sople; quiere decir que un episodio de tres días de tramontana en noviembre es lo esperable y en julio es la excepción. También conviene saber que rara vez es cosa de unas horas: cuando se instala la situación atmosférica que la genera, puede soplar varios días seguidos sin aflojar del todo, con altibajos pero sin tregua clara.

Sobre «cuántos días de tramontana hay al año», circulan cifras por todas partes y no hemos encontrado ninguna que resista una comprobación seria. Depende del umbral que se elija para contar un día como día de tramontana, y ese umbral cambia según quién haga las cuentas. Preferimos decirlo así antes que repetir un número redondo que suene bien.

Lo que sí se puede describir es cómo se anuncia. Primero es un sonido, no una sensación: un zumbido continuo en los tejados y en las persianas, distinto del ruido de una borrasca porque no lleva lluvia detrás. Luego el mar de la bahía se pone corto y picado, y las barcas fondeadas se alinean todas en la misma dirección como si alguien las hubiera peinado. Y el cielo, en lugar de cerrarse, empieza a abrirse.

Lo que se cae del plan, dicho sin rodeos

Todo lo que consista en salir al mar deja de ser una opción. Las excursiones en barco a las calas del cabo, el kayak, el paddle surf y el buceo dependen de que haya un mínimo de calma, y con mar de fondo no la hay. No es cuestión de política de ninguna empresa ni de exceso de celo: es que embarcar y desembarcar en una cala con oleaje es incómodo en el mejor de los casos e inviable en el resto. Si el plan del fin de semana era ver el Cap de Creus desde el agua, ese plan hay que moverlo de día.

Con los senderos pasa algo parecido, y aquí conviene ser más claro todavía. Los caminos que recorren la punta del cabo son los más expuestos de la zona: terreno abierto, sin arbolado que corte, y tramos que van pegados al acantilado. Con viento fuerte se camina de lado, cuesta mantener el equilibrio, no se oye nada de lo que dice quien va al lado y una racha inesperada en el punto equivocado es un riesgo real, no una molestia. Los excursionistas que conocen bien el Cap de Creus recomiendan sencillamente aplazar la travesía cuando la previsión es de tramontana dura. No es exageración de guía.

Hay un detalle menos evidente: con tramontana el riesgo de incendio se dispara. Aire seco, viento sostenido y vegetación mediterránea son una combinación que las autoridades del entorno del Cap de Creus vigilan de cerca. Es una razón más para no improvisar nada en el monte esos días.

Y luego está lo cotidiano. Comer en una terraza junto al agua, tomar algo al sol sin abrigo, la sobremesa larga mirando la bahía: todo eso se complica. El sol puede lucir espléndido y la sensación térmica ser diez grados más baja de lo que promete el termómetro. Un cortavientos ligero en la mochila cambia el día por completo, incluso en primavera.

El casco antiguo es el refugio, y no por casualidad

Cadaqués creció trepando por la ladera antes de que existiera carretera decente, y creció así por motivos muy prácticos. Las casas encaladas se apiñan unas contra otras, las calles son estrechas y quebradas, y el trazado sube en cuestas cortas que cambian de dirección cada pocos metros. Todo eso, que hoy se fotografía por bonito, es en origen una respuesta constructiva al viento y al mar. El resultado es un laberinto que rompe las rachas.

Caminar por ahí un día de tramontana es una experiencia rara y bastante divertida. Se sale de una esquina donde el viento empuja de verdad y treinta metros más allá, tras doblar, hay una calma absoluta y hasta calor de sol reflejado en la pared blanca. Luego se vuelve a asomar uno a una boca abierta hacia el norte y otra vez el empujón. El pueblo funciona como una sucesión de bolsas resguardadas, y aprender a leerlas es cuestión de un paseo.

Ahí arriba, presidiendo el conjunto, está la iglesia de Santa María, un templo gótico del siglo XVI cuyo interior guarda un retablo barroco de madera construido entre 1723 y 1729 por los escultores Pau Costa y Joan Torras. Es una de las piezas barrocas más notables de la escuela de Vic que se conservan, y tiene además una historia de la que en el pueblo se sigue hablando: sobrevivió gracias a los propios vecinos. Es exactamente el tipo de visita que uno nunca haría un día de sol y playa, y que un día de viento se agradece.

A pie de calle, Cadaqués concentra una densidad de galerías de arte poco habitual para su tamaño; el carrer de la Unió es donde se juntan varias. Entrar, mirar sin comprar y salir a la siguiente es un plan perfectamente legítimo para una mañana en la que el mar está descartado.

Mira al suelo: el rastell

Hay un detalle de Cadaqués por el que se pasa por encima literalmente y casi nadie levanta la vista para preguntar. El pavimento tradicional del pueblo se llama rastell y no se parece a ningún empedrado corriente. Está hecho con piedras planas sacadas de la propia orilla, redondeadas y pulidas por el mar durante siglos, y con pizarra de la zona, esa roca que se abre en lajas finas.

La gracia está en cómo se colocan. Las piedras no se apoyan de plano, como haría cualquiera: se clavan de canto, hincadas verticalmente en el suelo, y se disponen de través respecto a la calle o formando espiga. Esa colocación resuelve dos problemas a la vez. Por un lado canaliza y evacúa el agua de lluvia, que en un pueblo todo en cuesta baja con fuerza y arrastraría cualquier cosa. Por otro, y sobre todo, la superficie que se pisa es el canto rugoso y no la cara lisa y pulida de la piedra, que es justo la que resbala. Es un pavimento antideslizante diseñado a mano hace generaciones, con lo que había en la playa de al lado.

No todas las calles lo conservan, y las que lo tienen no lo tienen igual de bien. El carrer des Call es donde mejor se ve el rastell genuino, y merece el rodeo aunque no lleve a ninguna parte concreta. Hasta hay una playa en el término que se llama del Rastell, tomando el nombre de la técnica.

Dos apuntes prácticos. El primero es de calzado: el rastell agarra, pero el desnivel de esas cuestas es real y con suela lisa se sufre. El segundo es de respeto al sitio, y en Cadaqués es un tema sensible: las piedras de las playas no son souvenirs. Ese canto rodado es el mismo material del que están hechas las calles y forma parte del equilibrio de la propia orilla, que se empobrece cada temporada a base de bolsillos.

El cementerio de Sant Baldiri, camino de Portlligat

Si hay un lugar que justifica por sí solo un día raro de viento, es este. En el camino que va de Cadaqués a Portlligat, junto a la ermita de Sant Baldiri, hay un cementerio pequeño encalado, rodeado de olivos y asomado al mar. La ermita se empezó a levantar a finales del siglo XVII y es de origen incierto y en algún momento cambió de advocación a Sant Baldiri.

El cementerio en sí es de mediados del siglo XIX. La lápida de la entrada lo deja escrito con toda claridad: es del siglo XIX y perteneció al antiguo Hospital de Pobres de la villa. En el primer recinto, entre dos hileras paralelas de nichos, hay una cruz de término de los siglos XVII o XVIII sobre una columna octogonal con cabezas de ángel talladas en el capitel.

Lo que sorprende de verdad está en las ampliaciones, donde se concentran los panteones de finales del XIX y principios del XX. Ahí hay escultura funeraria modernista de primer nivel, y no como anécdota: la tumba de Frederic Rahola y su esposa Caritat Serinyana lleva una obra en mármol de Josep Llimona, el mayor escultor del modernismo catalán. Frente al panteón Serinyana hay además una figura angélica de J. Campeny. Ver un Llimona en un cementerio marinero de doscientos metros de fachada al Mediterráneo, con los olivos alrededor, es una de esas cosas que no salen en ninguna lista de imprescindibles.

Una advertencia obvia pero necesaria: sigue siendo un cementerio en uso y no un museo. Se visita en silencio, sin fotografiar tumbas recientes y sin tratarlo como un decorado.

Después viene la mejor luz del año

Cuando la tramontana amaina, deja el cielo barrido. Ni una nube, ni bruma en el horizonte, ni la calima blanquecina de los días de calma que aplasta los colores. Queda un azul intenso, casi violento, y una nitidez en la que se distinguen los perfiles de la costa a distancias que en un día normal serían una mancha gris. El sol brilla con una fuerza engañosa: ilumina muchísimo y calienta poco.

Esa luz no es un detalle bonito, es la razón de fondo de todo lo demás. La claridad del Alt Empordà después del viento es exactamente lo que trajo aquí a los pintores y lo que hizo que un pueblo remoto y difícil de alcanzar acabara siendo un imán para artistas durante todo el siglo XX. Salvador Dalí, que se instaló al lado, en Portlligat, hizo de este paisaje y de este viento material de trabajo permanente; Marcel Duchamp pasó veranos aquí; y la lista de gente que vino a mirar esta luz y se quedó más de lo previsto es larga. Fotografiar Cadaqués el día después de un episodio de tramontana da resultados que ningún filtro imita.

Por eso el enfoque útil no es planificar contra la tramontana, sino con ella. La víspera vale la pena mirar la previsión de viento, no solo el icono de sol o nubes, que es lo que casi todo el mundo consulta y lo que no dice nada de un día como este. El Servei Meteorològic de Catalunya publica en meteo.cat previsión y datos de su red de estaciones automáticas, con las rachas máximas registradas, y es la fuente seria para la zona.

Con esa información, el día se reorganiza solo: el mar y los senderos del cabo se mueven a la ventana de calma, y el día de viento se llena con el laberinto de calles, el rastell, el retablo, las galerías y el paseo hasta Sant Baldiri. Y quien acierte a estar aquí la mañana siguiente al último día de tramontana se lleva, sin haberlo pedido, la versión de Cadaqués que sale en los cuadros.

Preguntas rápidas

¿Dónde consultar la previsión de tramontana en Cadaqués?

En meteo.cat, del Servei Meteorològic de Catalunya, que publica previsión y datos de su red de estaciones automáticas con las rachas máximas registradas. Conviene mirar la previsión de viento, no solo el icono de sol o nubes.

¿Cuántos días de tramontana hay al año en Cadaqués?

No hay una cifra fiable: depende del umbral que se elija para contar un día como día de tramontana, y las cifras que circulan no resisten una comprobación seria.

¿Qué es el rastell de Cadaqués?

El pavimento tradicional del pueblo: piedras planas de la orilla y pizarra clavadas de canto, que evacúan el agua de lluvia y dan una superficie antideslizante. El carrer des Call es donde mejor se ve.

¿Qué hay en el cementerio de Sant Baldiri de Cadaqués?

Está en el camino de Cadaqués a Portlligat, junto a la ermita de Sant Baldiri, y es del siglo XIX. En las ampliaciones hay escultura funeraria modernista, como una obra en mármol de Josep Llimona en la tumba de Frederic Rahola y Caritat Serinyana.

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