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Cadaqués · Costa Brava

Las paredes sin cemento del Cap de Creus: miles de horas de trabajo a mano

Cuando subes desde Cadaqués hacia el Cap de Creus y miras la ladera, hay una cosa que tarda un rato en entrarte: esas líneas horizontales que recorren toda la montaña no son geología. Son paredes. Miles de paredes hechas piedra a piedra, sin una gota de cemento, para convertir una ladera imposible en campos llanos donde plantar viña y olivo. La técnica se llama pedra seca, la UNESCO la reconoce como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, y lo que estás mirando es probablemente el mayor esfuerzo colectivo que ha hecho nunca la gente de este pueblo.

Qué es la pedra seca

La pedra seca es la forma de arquitectura tradicional más antigua, más simple y más eficaz de la historia: construir apilando piedras que se sostienen unas a otras por su propio peso y su encaje, sin mortero de ningún tipo. En las laderas escarpadas junto al mar del Cap de Creus se levantan cientos de construcciones de este tipo.

No es solo muro. El repertorio incluye márgenes de piedra para crear terrazas llanas donde cultivar las pendientes; paredes y paredillas para delimitar parcelas y caminos; y refugios, barracas y paravientos para hacer más llevadera la vida del que trabajaba allí. Es un paisaje entero construido a mano.

Las feixes: hacer llano lo que no lo es

A las terrazas se les llama feixes. Gracias a las feixes organizadas por los campesinos alrededor de Cadaqués se pudieron cultivar durante años cientos de hectáreas de viña en una montaña donde, sin ellas, no se sostiene ni la tierra.

En el siglo XVIII todo el Cap de Creus era un inmenso campo de cultivo de viña y olivo, y sus productos se comercializaban tierra adentro a través del mercado de Figueres o se exportaban por los puertos de la costa. Durante la segunda mitad del XIX y la primera del XX, el cultivo del olivo y de la viña alcanzó su máximo esplendor. El pueblo que hoy vive del mar y de los visitantes vivió mucho tiempo de esa montaña.

Cómo se acabó

Dos golpes. La viña desapareció con la filoxera, la plaga que arrasó el viñedo europeo a finales del siglo XIX. Los campesinos se volcaron entonces en el olivo, y el olivo cayó con las heladas de 1959, que arruinaron el sector.

Eso explica lo que se ve hoy: kilómetros de márgenes perfectos sosteniendo terrazas donde ya no crece nada cultivado. Las paredes siguen ahí porque están bien hechas —llevan más de un siglo sin nadie que las mantenga y siguen de pie—, pero lo que sostenían se fue. Es un paisaje precioso y es, al mismo tiempo, la ruina de una economía entera.

Cómo mirarlo cuando camines

Cualquier ruta que salga de Cadaqués hacia la Muntanya Negra, hacia el faro o hacia Portlligat pasa por decenas de estos márgenes. Merece la pena pararse en uno y mirarlo de cerca: cómo cada piedra está elegida para encajar con las de al lado, cómo la cara vista es plana y la que no se ve hace de cuña, cómo se drena el agua entre las juntas para que la pared no reviente.

Y luego mirar la ladera entera y calcular. Para quien pasa unos días aquí, ese cambio de mirada es lo que separa un paisaje bonito de un paisaje que se entiende. El gris de la pizarra del Cap de Creus no lo puso solo la geología: lo colocó gente, a mano, durante generaciones.

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