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Cadaqués · Costa Brava

El retablo de Cadaqués: 23 metros de madera dorada y sesenta años de obra

Cadaqués es un pueblo pequeño de pescadores. Por eso lo que hay dentro de su iglesia descoloca tanto: un retablo barroco de veintitrés metros de altura por doce de anchura, tallado y dorado hasta el último centímetro, considerado uno de los retablos barrocos más importantes de Cataluña. Está en Santa Maria, arriba del todo del pueblo, y para verlo solo hay que subir. La historia de cómo llegó ahí —quién lo hizo, por qué se retrasó y cuánto tardó en dorarse— dice mucho de lo que era este sitio hace trescientos años.

Veintitrés metros en una iglesia de pueblo

El retablo mayor de la parroquia de Santa Maria mide 23 metros de alto por 12 de ancho y está considerado uno de los conjuntos barrocos más importantes de Cataluña. Lo preside la imagen de la Mare de Déu de l'Esperança, la patrona del pueblo, representada según una iconografía inspirada en el Apocalipsis.

La desproporción entre la obra y el tamaño del pueblo es el dato. Un retablo así no lo paga una parroquia rural cualquiera: lo paga una comunidad de gente de mar con dinero, en un momento en que el comercio marítimo del Empordà movía mucho más de lo que hoy sugiere el sitio.

Una guerra por medio

La obra estaba prevista desde 1705, pero la Guerra de Sucesión española se cruzó y el contrato con los escultores no se firmó hasta 1723. Dieciocho años de espera por una guerra: es la clase de detalle que convierte un dato de historia del arte en una historia de gente que quería algo y tuvo que esperar a que pasara lo que estaba pasando.

La talla la ejecutaron entre 1723 y 1729 los escultores Joan Torras y Pau Costa. Pau Costa es uno de los grandes nombres del barroco catalán, autor de varios de los retablos mayores de la época; que trabajara aquí es otra medida de la ambición del encargo.

Sesenta años para dorarlo

La talla se acabó en 1729, pero el dorado del conjunto no se completó hasta 1770-1788. Es decir: el retablo estuvo décadas terminado en madera y sin dorar, y el acabado se fue pagando a lo largo de casi tres generaciones.

Eso también es información sobre el pueblo. El oro de un retablo se costeaba por partes, según lo que hubiera. La gente que encargó la obra no llegó a verla acabada; la vieron sus nietos. Hay pocas cosas que expliquen mejor cómo se construían estas cosas: no como un proyecto, sino como un compromiso heredado.

Subir a verlo

La iglesia está en lo alto del casco antiguo, y la fachada está coronada por un campanario de base cuadrada con un cuerpo superior octogonal, compuesto de dos cuerpos superpuestos sobre una especie de templete con cúpula y volutas. La subida por las callejuelas empedradas ya vale el paseo.

Comprueba los horarios de apertura antes de ir, porque una parroquia de pueblo no abre a todas horas y cambian según la temporada. Merece la pena entrar con tiempo y mirar de abajo arriba, despacio: en veintitrés metros de talla hay muchísimo que ver, y la primera impresión se come todo lo demás si uno no se para.

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