Cadaqués se camina mirando al suelo, y no por casualidad. Las calles del casco antiguo están empedradas con lascas de pizarra clavadas de canto, colocadas en espiga, formando un dibujo que se repite calle tras calle. Se llama rastell. No es decoración ni es un capricho de ayuntamiento: cada uno de esos detalles resuelve un problema de un pueblo en cuesta, al lado del mar y con mucho viento. Es una de esas cosas que, una vez te las explican, ya no puedes dejar de ver.
Piedra de canto, en espiga
El pueblo es un laberinto de callejuelas estrechas empedradas con pizarra erosionada por el mar, colocada verticalmente formando un patrón en espiga —opus spicatum, el mismo nombre que le daban los romanos a ese aparejo. La técnica está pensada para dos cosas concretas: evitar resbalones y facilitar el drenaje del agua de lluvia.
Poner la piedra de canto en vez de plana es lo que da el agarre: el pie apoya sobre cientos de bordes en lugar de sobre una superficie lisa. Y la espiga hace que el agua no baje en línea recta arrastrándolo todo, sino que se reparta. En un pueblo con calles en cuesta que van a morir al mar, eso es la diferencia entre una calle y un tobogán.
La pizarra que está en todas partes
La pizarra gris no está solo en el suelo. La imagen característica de Cadaqués la configuran unos pocos elementos que se repiten: la pizarra gris, los olivos y el matorral verde, las terrazas de pedra seca de gran perfección y, sobre todo, las casas blancas.
Es un pueblo hecho casi por entero de lo que había a mano. La piedra del suelo, de los márgenes y de los muros es la misma que forma la montaña de detrás. Por eso el conjunto encaja tan bien: nadie trajo nada. El casco antiguo, con sus calles y callejones estrechos y empinados y sus placitas recogidas, está protegido como conjunto histórico.
Y el blanco
Las casas blancas son la otra mitad de la imagen. El encalado es la solución mediterránea de siempre: refleja el sol y mantiene la casa más fresca, la cal desinfecta y protege el muro, y es barata. Aplicada sobre un pueblo entero de calles estrechas, produce ese efecto de luz rebotada que ha traído aquí a pintores durante más de un siglo.
El contraste entre el blanco de las paredes y el gris plomo de la pizarra del suelo y de los márgenes es, literalmente, la paleta de Cadaqués. No hace falta ser pintor para notarlo; basta con caminar el pueblo a las siete de la tarde de un día claro.
Cómo caminarlo
Consejo práctico y poco romántico: calzado con suela. El rastell agarra bien en seco y bastante peor mojado, y las cuestas del casco antiguo son de verdad. Nada de suela lisa ni de tacón.
Y consejo menos práctico: sube sin destino. Las calles de Cadaqués no llevan a ningún sitio concreto, se enredan y vuelven, y eso forma parte del diseño de un pueblo que creció donde pudo. Para quien pasa aquí unos días, perderse una tarde por las callejuelas de arriba es mejor plan que casi cualquier cosa que se pueda reservar.