Gijón tiene la suerte rara de una gran playa dentro de la ciudad y, a menos de una hora en coche, algunas de las calas más fotografiadas del Cantábrico. La costa asturiana, sin embargo, no se rinde a cualquiera: aquí la marea manda, y saber leerla es la diferencia entre una jornada redonda y un arenal que desaparece bajo el agua. Esta es una vuelta por cinco playas —una urbana y cuatro bravas— pensadas para ir y volver en el día.
San Lorenzo: la ciudad que se asoma al mar
Pocas capitales miran al Cantábrico con el descaro de Gijón. San Lorenzo es una concha de arena de kilómetro y medio abrazada por el Paseo del Muro, ese malecón que a media tarde se convierte en el salón de la ciudad: paseantes, surfistas madrugadores, quien lee al sol y quien simplemente deja pasar la marea. Su valor no está en distintivos ni en aguas turquesa, sino en algo más difícil: ser una playa de verdad a un paso del casco viejo y de Cimavilla.
En verano cuenta con servicio de socorrismo, y el código de banderas —verde, amarilla, roja— rige el baño con seriedad, porque el oleaje del norte no perdona despistes. Un detalle que conviene conocer: la playa cambia de carácter con la marea. En bajamar se estira hasta la desembocadura del Piles, junto a la escalera 16, y regala una franja enorme de arena firme para caminar; en pleamar se recoge contra el muro, y quien busque sitio hace bien en bajar temprano.
Playa del Silencio: el occidente que quita el habla
A poco más de una hora hacia el oeste, pasado Cudillero, espera la que para muchos es la playa más bella de Asturias. La del Silencio —el Gavieiro, para los de allí— es un anfiteatro de cantos y arena cerrado por un acantilado en herradura y salpicado de islotes que rompen el horizonte. El nombre no engaña: aquí no hay chiringuito, ni ducha, ni megafonía; solo el mar y la roca.
Se llega a la aldea de Castañeras, en el concejo de Cudillero, saliendo de la A-8 hacia Novellana y siguiendo la N-632; desde el aparcamiento se baja a pie en diez o quince minutos, con un tramo final de escalones de piedra. En temporada alta el aparcamiento habilitado cuesta unos 2 o 3 €, y cuando se llena la gente deja el coche en los márgenes de la carretera. No es playa para movilidad reducida ni para bañistas confiados —no tiene socorrista y el fondo se hunde rápido—, pero los miradores de la bajada valen el viaje por sí solos.
Gulpiyuri: la playa tierra adentro que solo existe con marea
Si hay una rareza geológica que merezca el rodeo, es esta. Gulpiyuri, declarada monumento natural en 2001, es una lengua de arena de apenas cuarenta metros escondida entre prados verdes, a un centenar de metros del mar y sin vistas a él. El agua llega por debajo, filtrándose a través de la roca caliza horadada, de modo que la playa aparece y desaparece al compás del Cantábrico aunque no se vea ola alguna en el horizonte.
Aquí la marea no es un detalle: es la condición de que exista playa. En bajamar el agua se retira casi por completo y queda un lecho de arena húmeda; conviene mirar la tabla de mareas y apuntar a la subida para verla en su esplendor. Se accede por la salida 306 de la A-8 (Naves–Villahormes), se deja el coche cerca del pueblo y se caminan unos diez minutos llanos entre fincas. Es zona protegida y peatonal: ni coches ni prisas.
Rodiles y Xagó: la ola y las dunas
Rodiles es el nombre que pronuncia con respeto cualquier surfista del norte. Al este de la ría de Villaviciosa —una media hora escasa desde Gijón—, su izquierda se compara con Mundaka y pasa por una de las mejores olas de España; en verano la propia ría acumula arena en la desembocadura formando la célebre barra, que se afina de cara al otoño. Pero Rodiles no es solo surf: enclavada en la Reserva Natural de la Ría de Villaviciosa, tiene un pinar sombreado con mesas, y en bajamar un arenal amplísimo que se prolonga hacia las marismas. Con marea baja la playa se vuelve inmensa; con marea alta y mar de fondo, respeto.
Más al oeste, en el concejo de Gozón y a un paso de Avilés, Xagó cierra la ruta con casi dos kilómetros de arena dorada y un cordón dunar de gran valor científico, uno de los mayores del norte peninsular. Se llega desde Avilés por la zona de Zeluán y hay aparcamiento para más de cien coches. Tiene socorrismo en temporada de verano y una zona central de dunas frecuentada por naturistas. Ventosa y abierta —los mismos vientos que la castigan la hacen buena para el kitesurf—, es la más domesticada de las salvajes: perfecta para una tarde larga.
Leer la marea, coger el coche y no fiarse del sol
La lección que Asturias repite a quien la visita es sencilla: consulta la marea antes de salir. Gulpiyuri necesita agua para ser playa; Rodiles y San Lorenzo multiplican su arena en bajamar; y en calas cerradas como la del Silencio la pleamar puede arrinconarte contra la roca. Cualquier tabla de mareas del día —fáciles de encontrar en webs de surf y meteorología marina— evita el susto y ayuda a elegir la hora buena.
En cuanto a logística, el coche es el mejor aliado: San Lorenzo se hace a pie desde el centro, Xagó y Rodiles quedan a media hora larga, y Silencio y Gulpiyuri piden algo más de ruta —oeste y este respectivamente— pero se resuelven en una jornada. Lleva calzado cómodo para los senderos, agua y algo de comer donde no hay servicios, y recuerda que el sol del norte engaña: pega fuerte aunque el viento lo disimule.