Hay mañanas en que el valle amanece con niebla en el fondo y, una hora más al este, la caliza de los Picos ya está encendida por el sol. Esa es la ventaja del Nalón: tener el macizo más célebre de la cornisa cantábrica a tiro de una mañana, sin madrugones heroicos. La clave no está en correr, sino en trazar bien el día —qué ver, a qué hora y por dónde— para que Cangas de Onís, Covadonga y los Lagos quepan sin agobio entre el desayuno y el atardecer.
Cómo trazar el día: del Nalón a Cangas de Onís
Desde el corazón del valle —pongamos Pola de Laviana— hasta Cangas de Onís hay unos 65 kilómetros y en torno a una hora de coche. Es una distancia amable: se puede salir sin prisa, plantarse en Cangas a media mañana y aún tener el día entero por delante. La ruta más rápida enlaza con la autovía y evita curvas; la más bonita cruza el Parque Natural de Ponga y baja por el Desfiladero de los Beyos, y merece la pena reservarla para la vuelta, cuando ya no aprieta el reloj.
El orden que mejor funciona es de menor a mayor altura y de menor a mayor gentío: primero Cangas, luego Covadonga y, ya avanzado el día, los Lagos. Con una salvedad: si el plan incluye subir a los Lagos en temporada regulada, conviene invertir el razonamiento y reservar el autobús a primera hora, porque el resto del día se organiza alrededor de esa cita.
Cangas de Onís y Covadonga: piedra, agua y memoria
Cangas fue la primera corte del Reino de Asturias, y su estampa más repetida es el puente medieval sobre el Sella —llamado «romano» por costumbre— con la Cruz de la Victoria colgando del arco central. Es una parada corta y luminosa: un café en la orilla, la foto obligada y, si el cuerpo pide caminar, un paseo junto al río antes de seguir hacia el santuario.
A unos pocos kilómetros, Covadonga es a la vez montaña y relato fundacional. La basílica de Santa María la Real, neorrománica, se levantó entre 1877 y 1901 sobre el cueto; a su pie, encajada en la roca, está la Santa Cueva con la imagen de la Santina, patrona de Asturias, y la tumba de Don Pelayo, que según la tradición derrotó aquí a las tropas omeyas en el 722. Se visita en silencio y sin entrada: es un lugar de devoción vivo, no un decorado.
Los Lagos y el plan de transporte 2026
Enol y Ercina, los dos lagos glaciares, son el remate natural del día, pero en las fechas de más afluencia no se sube en coche particular: la carretera se cierra al tráfico privado y solo circula el autobús lanzadera. En 2026 la regulación cubre Semana Santa y el arranque de la primavera (del 28 de marzo y buena parte de abril), el 1 de mayo y los fines de semana, y de forma continua del 1 de junio al 18 de octubre, con algún día suelto entre octubre y diciembre.
El billete de autobús cuesta 9 € por adulto —ida y vuelta, válido todo el día— y 3,50 € para niños de 4 a 11 años; los menores de 3 no pagan. Aparcar en las áreas habilitadas —P1 en la estación de Cangas, El Repelao y El Peregrino todo el periodo; El Bosque y Muñigu solo en Semana Santa, julio y agosto— sale por 2 € el coche. Los primeros buses suben a las 8:00 y los últimos a las 17:45, con descenso hasta las 20:50 (en otoño el horario se acorta). Conviene reservar por internet en alsa.es: la compra anticipada tiene prioridad sobre la venta en los aparcamientos.
Cuándo ir (y cuándo no)
La mejor época es la primavera tardía y el otoño: mayo, junio y septiembre dan luz, prados verdes y muchísima menos gente que el pico de julio y agosto. En pleno verano los Lagos se llenan a media mañana y la experiencia pierde parte de su silencio; si solo se puede ir en agosto, coger uno de los primeros buses marca la diferencia.
Un detalle que casi nadie mira: hay días concretos en los que la carretera no está regulada —por ejemplo la tarde del 24 y el 25 de julio, o el 8 de septiembre— y se puede subir en coche. Suena tentador, pero suelen ser justo las jornadas de mayor gentío, así que el autobús acaba siendo más cómodo que dar vueltas buscando sitio. Y siempre, siempre, conviene consultar la previsión: con niebla cerrada los Lagos desaparecen y compensa cambiar el plan.
El desfiladero y la gran caminata
Para la vuelta, o para un segundo día, el Desfiladero de los Beyos es una de esas carreteras que se recuerdan: un cañón kárstico de una docena de kilómetros por el que el Sella se encajona entre paredes que superan los 600 metros, siguiendo la N-625 hacia Oseja de Sajambre. Se hace en coche, despacio, parando en los ensanches; es puro espectáculo geológico sin bajarse del asiento.
Quien quiera calzarse las botas tiene a un paso la Ruta del Cares, la senda de montaña más transitada de España: unos 12 kilómetros de ida —el doble contando la vuelta— entre Poncebos (Asturias) y Caín (León), tallada en la roca sobre el desfiladero. No es peligrosa, pero exige respeto, agua y calzado decente; y, de nuevo, mejor mayo, junio o septiembre que el bullicio del verano.
Un río con nombre propio: el Sella
El mismo río que se asoma en Cangas y se encajona en los Beyos protagoniza la fiesta fluvial más famosa del norte. El Descenso Internacional del Sella, en su 88.ª edición, se celebra el sábado 8 de agosto de 2026 entre los puentes de Arriondas y Ribadesella: más de mil palistas salen a las 12:00 para recorrer una veintena de kilómetros de aguas rápidas, con Santi Cazorla como pregonero de esta edición.
Fuera de esa jornada, el Sella se disfruta en clave tranquila: un descenso en canoa desde Arriondas es un plan redondo para completar la escapada, sobre todo con niños o si el cuerpo pide agua después de la montaña. Sea en piragua o desde un mirador, el río acaba siendo el hilo que cose todo el viaje.