Oviedo se recorre despacio aunque tengas un solo día: cabe en un paseo, pero pesa como una capital. En unas horas pasas del oro medieval de la Cámara Santa a una iglesia del siglo IX colgada de un monte, del bullicio del Fontán al ritual de escanciar un culín en Gascona. La clave está en madrugar y dejar que la ciudad marque el ritmo: da tiempo a todo sin correr.
El casco antiguo y la Catedral de San Salvador
Empieza donde empezó todo: la plaza de Alfonso II el Casto, de soportales y empedrado, presidida por la fachada gótica de la Catedral de San Salvador con su única torre —la segunda nunca llegó a levantarse, y esa asimetría forma ya parte de su carácter—. Dentro late el corazón de la Asturias medieval: la Cámara Santa, prerrománica y Patrimonio de la Humanidad, custodia la Cruz de la Victoria y la Cruz de los Ángeles —hoy en el escudo y la bandera del Principado— junto al venerado Santo Sudario.
La visita general cuesta 7 € y la parcial —Cámara Santa, claustro y museo— 5 €; los menores de 12 años entran gratis. En julio y agosto abre en horario continuo, de 10:00 a 19:00 (los sábados hasta las 17:00), y no hay visita turística los domingos: conviene encajarla a primera hora, antes de que el casco antiguo se anime.
El prerrománico del Naranco, a un cuarto de hora
A unos cuatro kilómetros del centro, subiendo la falda del monte Naranco, aguardan las dos joyas que ponen a Oviedo en cualquier manual de historia del arte. Santa María del Naranco no nació como iglesia sino como aula regia del palacio que Ramiro I mandó construir hacia el año 842: un edificio esbelto, de dos plantas y logias abiertas al valle, tan adelantado a su tiempo que cuesta creer que ronde los doce siglos. Doscientos metros más arriba, San Miguel de Lillo conserva apenas un tercio de su fábrica original, lo justo para intuir la ambición del conjunto.
Ambos son Patrimonio de la Humanidad desde 1985. La entrada cuesta 5 € por persona (4 € en grupos de veinte o más), da acceso a los dos monumentos e incluye visita guiada salvo los lunes, cuando se entra gratis pero por libre. Conviene llevar efectivo —es el único pago que se acepta— y contar con que dentro de San Miguel de Lillo no se permite hacer fotos: ese recuerdo habrá que llevárselo en la memoria.
El Fontán: mercado, plaza y mediodía
De vuelta al centro, ninguna estampa resume mejor el Oviedo de andar por casa que la plaza del Fontán, un rectángulo porticado que fue laguna, después mercado y siempre punto de encuentro. La plaza de abastos cubierta abre todos los días menos el domingo y es el sitio para husmear quesos asturianos, embutidos, fabes y producto de temporada. Alrededor, los jueves, sábados y domingos por la mañana, de 9:00 a 15:00, se despliega el mercadillo al aire libre.
Si caes en domingo, el ambiente cambia: las calles del entorno se llenan con el mercadillo de antigüedades y almoneda, un placer para rebuscadores. Es, además, la hora natural del vermú y de dejarse arrastrar hacia las sidrerías cercanas sin plan fijo.
La ciudad de las estatuas
Oviedo presume, con razón, de museo al aire libre: cerca de un centenar de esculturas salpican calles y plazas, firmadas por nombres de primera como Botero, Úrculo o Julio López Hernández. La más fotografiada es el Woody Allen de bronce —gabardina y gafas de pasta— plantado en la peatonal calle de Milicias Nacionales tras los elogios que el cineasta dedicó a la ciudad al recoger su Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2002.
No te pierdas La Regenta, frente a la Catedral, homenaje a la protagonista de la novela de Clarín que convirtió a Oviedo en la 'Vetusta' literaria, ni la rotunda Maternidad de Botero, esas curvas imposibles que los ovetenses bautizaron con guasa como 'el Culis Monumentalibus'. Descubrirlas sin prisa, casi por azar, es la mejor manera de pasear el centro.
Gascona, el bulevar de la sidra
Ningún día en Oviedo se cierra bien sin una parada en la calle Gascona, el llamado Bulevar de la Sidra: apenas doscientos metros que concentran buena parte de las sidrerías de la ciudad, con las terrazas siempre llenas y el olor a manzana en el aire. Aquí se aprende, mirando a los camareros, el arte del escanciado: levantar la botella por encima de la cabeza y dejar caer el chorro para que el culín 'rompa' contra el borde del vaso y se oxigene.
La regla de oro es beber cada culete de un trago, sin dejar que la sidra repose, porque pierde enseguida sus cualidades. Acompáñala de un cachopo, una fabada o una tabla de Cabrales, y si caes en jueves quédate a los cancios de chigre, las viejas canciones de taberna que ponen banda sonora a la noche. Un final redondo para una ciudad que se recorre en un día pero se queda mucho más.