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Barcelona

Los mercados de Barcelona que merecen la pena

La Boquería sigue ahí, magnífica y un poco agotada de sí misma, con sus zumos de colores y los turistas apretados junto a la entrada de las Ramblas. Pero Barcelona come, de verdad, en otros sitios: en mercados de barrio donde el pescatero te reconoce, donde un tejado ondulado tapa cuatro mil años de historia y donde los domingos se venden libros viejos bajo una cúpula del XIX. Esta es una vuelta por cinco que valen el desvío, con lo que merece la pena llevarse de cada uno.

Por qué cruzar la calle y dejar atrás la Boquería

Barcelona conserva cerca de cuarenta mercados municipales de alimentación, una red que pocas ciudades europeas sostienen con esta densidad. No son decorado: son la manera en que los barrios siguen comprando el pescado del día y el tomate de colgar. La Boquería fue la primera en rendirse al turismo y hoy funciona más como plató que como plaza de abastos. La buena noticia es que la alternativa está a un par de paradas de metro.

Los cinco que siguen tienen lo que la Boquería perdió: gente del barrio con el carro, paradistas con tres generaciones en el mismo puesto y precios de mercado, no de reclamo. Algunos son joyas arquitectónicas por derecho propio; otros, simples naves de hierro donde se come de maravilla. En todos se puede comprar para llevar y sentarse a almorzar sin coartada.

Santa Caterina: cuatro mil años bajo un tejado de colores

Es imposible no levantar la vista. El tejado ondulado de Santa Caterina —un manto de cerámica vidriada de más de sesenta colores que Enric Miralles y Benedetta Tagliabue remataron en 2005— se ve desde media Ciutat Vella y parece un bodegón de frutas mirado desde el cielo. Debajo, la reforma sacó a la luz los restos del convento dominico de Santa Caterina, del siglo XIII, y una necrópolis tardorromana con enterramientos en ánfora: hoy se visitan en el Espai Santa Caterina, del museo de historia de la ciudad (MUHBA), en un extremo de la nave. Pocas veces se compra el pan sobre unas tumbas de ánfora.

Para llevar: marisco fresquísimo —hay paradas que te lo abren para comerlo allí mismo—, embutido y queso de picnic para el cercano parque de la Ciutadella. Para quedarse: Cuines Santa Caterina, del Grupo Tragaluz, con cocina mediterránea, oriental y vegetariana dentro del propio mercado. Abre de lunes a sábado —jueves y viernes hasta las 20:30 h; el resto de la semana solo por la mañana— y cierra los domingos, en la avenida de Francesc Cambó, 16.

Sant Antoni: el mercado que rompió la muralla y abre los siete días

Sant Antoni volvió en mayo de 2018 tras casi una década de obras, y la espera valió la pena. El edificio de Rovira i Trias —una cruz griega de hierro coronada por una cúpula octogonal, pariente barcelonés de Les Halles de París— recuperó su esqueleto de 1882, y las excavaciones destaparon un tramo de la Vía Augusta romana y un baluarte defensivo del siglo XVII, visibles bajo el suelo. Es el único mercado de la ciudad con oferta los siete días de la semana, porque en realidad son tres mercados en uno.

El alimentario, entre semana, para la compra seria. El de brocanters, para el rebuscador de sellos, cómics y cromos antiguos. Y la joya dominical: el Mercat Dominical del Llibre, cada domingo del año de 8:30 a 14:00 h, con decenas de paradas de libro descatalogado, de viejo y coleccionismo. Se entra por Comte d'Urgell, 1; se sale con una edición agotada bajo el brazo y polvo de librería en los dedos.

El Ninot: el mercado de barrio del Eixample donde se tapea sin postureo

A un paseo del Hospital Clínic, en la Esquerra de l'Eixample, el Ninot es lo que un barcelonés entiende por su mercado: sin foto icónica, sin cola de turistas, con el carro de la compra como protagonista. Reformado y reabierto en 2015 tras años de obra, mantiene el fervor por el producto fresco —tiene fama justa de pescado y marisco— y suma paradas no alimentarias, de la mercería a la librería, además de un supermercado dentro para rematar la lista.

Aquí se viene a comprar y a tapear en las barras del propio mercado, con la materia prima a dos metros: unas gambas, un pescadito frito, un vermut al mediodía. La despensa catalana en estado puro —quesos, embutidos, jamones— a precio de barrio. Está en el carrer de Mallorca, 133-157, y abre de lunes a viernes de 8 a 20 h y los sábados solo por la mañana.

La Concepció: flores a las cuatro de la madrugada

El mercado de la Concepció, inaugurado en 1888 con firma también de Rovira i Trias, es el más discreto de esta lista y guarda uno de los secretos peor guardados del Eixample: sus floristerías. En la fachada que da al carrer de València, las paradas de flores abren las veinticuatro horas, todos los días del año. Es el sitio de quien ha olvidado un aniversario a deshora o sale de fiesta y decide volver a casa con un ramo. Pocas estampas tan barcelonesas como comprar peonías de madrugada.

Dentro, bajo su estructura de hierro restaurada, es un mercado de barrio impecable: producto fresco, un par de barras donde desayunar o tapear y menos gentío del que su ubicación central haría temer. Los puestos de alimentación abren lunes y sábado de 8 a 15 h, y de martes a viernes hasta las 20 h. Está en el carrer d'Aragó, 313-315, a un paso de la Sagrada Família.

Els Encants: el rastro más antiguo, bajo un techo de espejos

Los Encants Vells, o Fira de Bellcaire, llevan siglos vendiendo lo que otros descartan, y desde 2013 lo hacen bajo uno de los gestos arquitectónicos más audaces de la ciudad: un enorme dosel inclinado de aluminio espejado, obra de Fermín Vázquez (b720), que refleja el trasiego del mercado y el cielo de la plaça de les Glòries en un techo de planos quebrados. El resultado es un rastro que sube y baja por rampas continuas, sin plantas, en un bucle de puestos y tenderetes.

Aquí hay literalmente de todo: antigüedades, muebles, segunda mano, discos, ropa, libros y hallazgos imposibles de anticipar. Abre lunes, miércoles, viernes y sábados de 9 a 20 h, y quien madruga asiste a las subastas públicas de lotes, a primera hora de esos mismos lunes, miércoles y viernes: el espectáculo más honesto y barato de Barcelona. Regla de oro: ir por la mañana, regatear sin prisa y no comprar el primer día lo que verás repetido tres paradas más allá.

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