Cadaqués tiene esa rara virtud de ser destino y campamento base a la vez. Encajada tras la sierra de Rodes, al final de la última carretera de la Costa Brava, obliga a llegar a propósito: aquí no se pasa, se viene. Y una vez dentro, todo lo que merece la pena queda a tiro de una mañana: un cabo que parece el fin del mundo, un monasterio colgado de la montaña, dos ciudades que Dalí convirtió en mito. Estas son las salidas que dan sentido a quedarse.
Cadaqués–Portlligat a pie: la casa donde vivía el genio
Es la excursión más corta y quizá la más íntima. Apenas un kilómetro separa el paseo marítimo de Cadaqués de la cala de Portlligat: quince o veinte minutos cuesta arriba por la calle Miranda hasta coronar y bajar entre olivos a esa lengua de agua quieta donde Salvador Dalí vivió y trabajó de 1930 a 1982. Se hace andando, sin coche, y ahí está parte de la gracia: llegar como llegaba él.
Al fondo espera la Casa-Museo Salvador Dalí, un laberinto de barcas, huevos y espejos que fue creciendo pegando unas a otras las barracas de los pescadores. La visita es guiada y en grupos reducidos que entran cada pocos minutos, con reserva previa de día y hora obligatoria: no sirve presentarse a ciegas. Y aunque no se entre, el rodeo hasta la bahía de las barcas y el enorme huevo blanco ya explica muchas de sus pinturas.
El Cap de Creus a pie: caminar hasta el extremo de la península
Es la salida que da sentido a todo el paisaje. El Cap de Creus es el punto más oriental de la península ibérica, donde los Pirineos se hunden en el Mediterráneo dejando un caos de esquistos retorcidos que Dalí pintó una y otra vez. Desde Cadaqués, el Camí Antic —el viejo camino al faro— suma unos 15 kilómetros ida y vuelta y cinco o seis horas, sin apenas desnivel pero expuesto al sol y a la tramontana: gorra, agua y calzado firme no son opcionales.
Quien quiera algo más breve puede arrancar en Portlligat y hacer una versión de medio día, o acercarse al paraje de Tudela, el rincón de rocas surrealistas junto al faro. Aquí termina, además, el GR-11, la Senda Pirenaica que cruza toda la cordillera desde el País Vasco. El faro, con su restaurante y su balcón de acantilado, es el punto final antes de dar media vuelta.
Sant Pere de Rodes: un monasterio suspendido sobre el mar
A unos 24 kilómetros por carretera, algo menos de una hora de curvas por encima del Port de la Selva, aguarda uno de los conjuntos románicos más imponentes de Cataluña. El monasterio benedictino de Sant Pere de Rodes, levantado a partir del siglo X en la ladera de la sierra de Verdera, impresiona por su iglesia de columnas robustas y capiteles labrados y, sobre todo, por dónde está: a más de 500 metros de altura, con el golfo de Roses entero desplegado a sus pies.
Abre de martes a domingo (lunes cerrado); en temporada alta, de junio a septiembre, de 10:00 a 20:00, y el resto del año hasta las 17:30. La entrada general cuesta 6 € y la reducida 4 €, gratis para menores de 16 años. Conviene subir con tiempo: sobre el monasterio, un sendero corto lleva a las ruinas del castillo de Sant Salvador, con una panorámica que barre toda la costa hasta el cabo.
Roses y su ciudadela: dos mil quinientos años en un recinto
A unos 21 kilómetros por la carretera de la costa, Roses es la cara luminosa y abierta del golfo, con una playa larga que contrasta con la aspereza de Cadaqués. Su joya es la Ciutadella, un recinto militar renacentista amurallado que guarda dentro, como capas de un pastel, restos de la colonia griega de Rhode, una villa romana y el monasterio medieval de Santa Maria. Pocos lugares condensan tanta historia en tan pocos metros.
La entrada cuesta 4,90 €, gratis para menores de 16 años. En verano abre a diario de 10:00 a 20:00 (hasta las 21:00 en julio y agosto); el resto del año, de martes a domingo y con horario más corto. En temporada añade visitas guiadas de historia y experiencias al atardecer que compensan si coinciden con tu paso.
Figueres y el Teatro-Museo Dalí: el templo del surrealismo
La excursión más larga —unos 34 kilómetros, cincuenta minutos de coche— es también la más ineludible. Figueres, capital del Alt Empordà, es la ciudad natal de Dalí y alberga el museo que él mismo concibió como su gran obra total: el Teatro-Museo Dalí, montado sobre el antiguo teatro municipal, coronado por una cúpula geodésica y huevos gigantes, con la cripta donde reposa el artista bajo el escenario.
En julio y agosto abre a diario de 9:00 a 20:00 (el resto del año cierra antes y descansa los lunes); conviene llegar pronto y con entrada comprada por internet, porque las colas son largas. La general ronda los 18,50 € e incluye la colección Dalí·Joies; en agosto hay sesiones nocturnas, más caras y en grupos pequeños, que permiten recorrerlo casi a solas. Reservad después una hora para la Rambla y para comer: el Empordà se toma la mesa muy en serio.