Hay un detalle que uno no espera del comercio más antiguo de Barcelona: que venda algo tan poco práctico como velas. En la Baixada de la Llibreteria, a dos minutos de la catedral, la Cereria Subirà lleva abierta desde 1761. No 1761 como fecha de fundación de una marca que hoy hace otra cosa: 1761 vendiendo cera, y siguen. Entrar es una de esas experiencias que no cuestan nada y se quedan contigo: huele a cera, la luz es amarilla y hay una escalera que parece sacada de un teatro. Si vas a pasar una temporada en Barcelona, este es el sitio al que llevar a quien venga a verte.
Dos siglos y medio, y una mudanza
El negocio lo abrió en 1761 el cerero Jacint Galí. No siempre estuvo donde está: al principio ocupaba un local en el Carrer dels Corders, entonces llamado Nou de Sant Cugat. Cuando Barcelona abrió la Via Laietana a principios del siglo XX —una operación de cirugía urbana que se llevó por delante buena parte de la ciudad vieja—, el local original tuvo que derribarse y la cerería se mudó a la Baixada de la Llibreteria, que antes se llamaba Baixada de la Presó.
Por el negocio pasaron primero la familia Prat y después la familia Subirà, que lo tiene desde 1939 y le dio el apellido con el que todo el mundo lo conoce. Esa es la clave de que siga en pie: no ha sido un local que cambiaba de manos cada década, sino un oficio que se ha ido pasando entero, con clientes y proveedores dentro.
La escalera que no debería estar ahí
Lo primero que sorprende al entrar es que la tienda no parece una tienda de velas. Parece una tienda de telas del siglo XIX, y es exactamente lo que fue: la decoración que se conserva es de mediados del XIX, de cuando el espacio funcionó como comercio textil. Los armarios, las estanterías, los cajones y las puertas conservan la policromía original.
Y luego está la escalera imperial —esa que se abre en dos ramas—, presidida por dos esculturas de hierro con figuras femeninas. Es un escenario desproporcionado para el tamaño del local, y ese desajuste es justo lo que lo hace inolvidable. Se ha fotografiado tanto que a veces parece un decorado; no lo es. Es simplemente lo que quedó cuando nadie tuvo la ocurrencia de reformarlo.
Qué se compra aquí de verdad
Velas. Velas de todos los tamaños, colores y formas, cera de abeja, velas rizadas, velas litúrgicas. Entre sus clientes está la Sagrada Família, a la que la casa suministra velas: hay algo bonito en que el templo más visitado de Europa se alumbre con cera comprada en una tienda de 1761 a quince minutos andando.
Para quien pasa unos meses en la ciudad, la Cereria es una compra de las buenas: barata, ligera, sin plástico y con una historia detrás que no cabe en una etiqueta. Una vela de aquí es mejor souvenir que cualquier imán, y además se acaba, que es lo que tienen que hacer las velas.
Cómo ir sin convertirlo en una parada de tour
Está en la Baixada de la Llibreteria, en el Barri Gòtic, en la cuesta que baja desde la Plaça de Sant Jaume. Es una calle por la que pasan muchísimos visitantes y casi ninguno entra, porque desde fuera parece cerrada. Entra. No hay entrada, no hay cola, no hay nadie explicándote nada por un auricular.
Nuestra manera de entender una estancia larga en Barcelona va exactamente de esto: no de tachar monumentos, sino de tener sitios a los que volver. Un día compras una vela; otro día pasas por delante y ya sabes qué hay dentro. Al tercer mes, cuando alguien te pregunte qué enseñarle a un amigo que viene dos días, tendrás una respuesta que no está en ninguna lista.