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Barcelona

Carrer Petritxol: 129 metros, tres de ancho y olor a chocolate

El carrer Petritxol mide 129 metros de largo y tres de ancho. Es una calle donde no cabe un coche y donde en invierno, si vas a la hora buena, huele a chocolate deshecho desde la esquina. Aparece por primera vez en los archivos notariales a finales del siglo XIII, fue la primera calle peatonal de Cataluña y allí se fundó, en 1947, la primera asociación de vecinos y comerciantes de Barcelona. Hoy quedan dos de las muchas granjas que tuvo. Ir a merendar ahí un día de lluvia es uno de los planes más honestos y menos caros que ofrece la ciudad.

De vaquerías a chocolaterías

La palabra «granja», aplicada a un local de Barcelona, tiene una explicación literal: eran vaquerías urbanas, sitios donde se vendía leche fresca. Petritxol estuvo llena de ellas desde el principio, y con el tiempo esas lecherías se convirtieron en chocolaterías. De ahí salió el repertorio que sigue vigente: la taza de chocolate deshecho, el suís —chocolate caliente coronado de nata—, los churros y la ensaimada.

La calle fue durante décadas el refugio de los barceloneses que querían exactamente eso. Y sigue siéndolo, aunque con menos casas: de todas las chocolaterías que tuvo, actualmente solo quedan dos.

Granja Dulcinea, la más antigua

El establecimiento más antiguo de la calle es la Granja Dulcinea. Abrió a mediados del siglo XIX como taberna y se convirtió en el negocio actual en 1941. Por sus mesas pasaron personajes como Salvador Dalí y Àngel Guimerà — y aquí conviene la precisión: son visitas documentadas, no el típico «aquí venía todo el mundo» que se cuelga de cualquier pared.

Se pide un suís y unos churros y se está quince minutos sin mirar el móvil. Es un local pequeño, con mármol y madera, ruidoso a la hora de la merienda, que es cuando hay que ir.

Granja La Pallaresa, desde 1947

La otra superviviente es la Granja La Pallaresa, abierta desde 1947 en lo que antes fue una lechería. Conserva partes antiguas del local original, como la barra de mármol y parte del mobiliario. Es la más conocida de las dos y suele tener cola a media tarde, sobre todo en fin de semana y en invierno.

El truco de vecino es sencillo: ir entre semana, y no a las seis. A media mañana de un martes de noviembre, Petritxol es otra calle — la que era antes de aparecer en las guías.

Mirar las paredes

Petritxol no es solo chocolate. La calle está sembrada de placas, mosaicos y recuerdos de su pasado artístico: es la calle de la Sala Parés, la galería histórica de la ciudad, y la memoria de eso está literalmente colgada en las fachadas. Merece la pena recorrerla mirando arriba y no hacia la puerta de la granja.

Durante siglos solo se podía entrar por la Plaça del Pi, lo que explica su forma de callejón cerrado y su ambiente. Para quien vive una temporada en Barcelona, es un sitio al que se vuelve, no que se visita: se cruza al ir a otro lado, se entra cuando llueve, se recomienda a quien viene en enero. Y ese es el mejor uso posible de una calle de 129 metros.

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