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Barcelona

Bar El Roure: 136 años, tres familias y un nombre recuperado

En el Carrer de Luis Antúnez, en pleno corazón de la Vila de Gràcia, hay un bar que abrió en 1889 y sigue abierto. Solo eso ya lo haría raro: sobrevivir 136 años a guerras, dictaduras, crisis y oleadas de turismo no está al alcance de casi ningún negocio. Pero El Roure tiene además una historia que contar en cada detalle, empezando por su propio nombre, que perdió y recuperó al compás de la historia del país. Es de esos sitios donde uno entiende que un bar de barrio puede ser, sin pretenderlo, un documento histórico con tapas.

Un nombre con historia política

El Roure abrió sus puertas en 1889, cuando Gràcia todavía era esencialmente un pueblo con vida propia. Durante la dictadura, el bar fue rebautizado como «Bar El Roble», la traducción castellana de su nombre catalán. No recuperó el suyo, «El Roure», hasta la Transición. Ese detalle, que podría parecer menor, resume medio siglo de historia de Cataluña colgado sobre una puerta: hasta el nombre de un bar de barrio fue terreno político.

El interior acompaña: madera antigua, atmósfera de taberna tradicional, la pátina de un local que ha sido referente histórico de la gastronomía de la Vila de Gràcia durante generaciones. No es un decorado de época montado para la ocasión; es sencillamente un sitio al que nadie ha tenido la mala idea de «modernizar» del todo.

Tres familias en 136 años

Quizá el dato más extraordinario de El Roure no está a la vista: en toda su historia, el bar solo ha pasado por tres fases de gestión familiar. Tres familias en 136 años. En una ciudad donde los traspasos se encadenan y los locales cambian de concepto cada pocos años, esa continuidad explica por qué el sitio conserva su alma: cada relevo heredó un negocio vivo y decidió no romperlo.

Entre sus señas de identidad más celebradas están los bocadillos bautizados con nombres de jugadores históricos del Barça, que le han valido artículos en la prensa local. Es la clase de detalle que no inventa un consultor: nace de décadas de clientela, de fútbol en la barra y de un barrio que hace suyas las cosas.

El turismo, agosto y la puerta de los vecinos

El Roure no vive en una burbuja. Las Fiestas de Gràcia, cada agosto, llenan el barrio hasta los topes, y el bar ha notado con fuerza el impacto del turismo en esas fechas. Pero su base sigue siendo vecinal: la clientela de diario, la que viene entre semana a tomar algo como quien pasa por casa, es la que sostiene el negocio los otros once meses del año.

Esa tensión —cómo un local histórico convive con la turistificación sin venderse ni momificarse— es una de las historias centrales de la Barcelona actual, y El Roure la encarna mejor que casi nadie: ni se ha convertido en franquicia ni en museo. Sigue siendo un bar.

Ir como quien vuelve

La mejor manera de conocer El Roure es la menos espectacular: un día cualquiera, fuera de las fiestas de agosto, a la hora del vermut o de la tapa, sin cámara en la mano. Su cuenta de Instagram, @elrouredegracia, funciona como ventana a la vida diaria del bar, más pensada para los clientes que para los visitantes, y da una idea fiel de lo que uno se va a encontrar.

Para quien pasa una temporada en Barcelona en nuestros lofts, El Roure es una referencia valiosa por lo que enseña: que la autenticidad no se visita, se frecuenta. Un bar que lleva 136 años abriendo cada día no necesita que lo descubras; necesita, como siempre, que vuelvas.

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